Hace cuatro años salí en mi bicicleta y rodé hasta el Ángel de la Independencia. Llegué a tiempo para comenzar la marcha contra la delincuencia y ayudado por las dos llantas de mi vehículo de un trovador de fuerza, rebasé fácilmente a la mayoría y me ubiqué en un buen lugar en el Zócalo.
Me dí un taco de ojo porque las chicas que vi normalmente no andan a pie y yo estaba agradecido por la marcha. Escuché gritos desesperados, llantos, protestas que se perdieron unas semanas después en la indiferencia del gobierno, en la apatía de la gente y en el olvido del tiempo.
El sábado pasado estuve tocando y no pude ir a la nueva marcha. La maldición del músico es que trabaja mientras otros se divierten y en este caso, mientras otros protestan. La televisión me sirvió para ver el resumen y luego a dormir. Dejé prendida mi veladora pero no por unirme, sino porque mi madre la deja a su Ángel, yo lo tolero.
El domingo y el lunes he visto programas completos dedicados a lo que sucedió pero me han hecho preguntarme ¿Realmente sucedió algo? No quiero menospreciar el esfuerzo de las personas que de manera sincera acudieron a marchar, pero me daba curiosidad el ver que la gente se sentía inocente y agredida, mas en un problema social nadie es inocente y mucho menos hay un solo culpable.
Es necesario pedirle al gobierno que cumpla con una de sus funciones básicas, que es la seguridad, pero la formación de personas no la hace el gobierno, la hacen las familias; la cultura no la enseñan en la escuela, se vive en las calles y se aprende en el entorno. ¿No entonces todos somos culpables de esta creciente ira, agresión y cinismo con que somos violentados diariamente?
Hace unas semanas en un café nos asaltaron y se llevaron una computadora. En parte fue nuestra culpa por no tener precaución y tener la laptop a la vista… ¿Fue nuestra culpa? ¿No deberíamos poder usar nuestras cosas sin miedo a que nos las quite un desconocido? Para consolarme, una amiga me dijo la tan trillada y común frase: “ni modo, hay que seguirle, así es la vida”.
¿Hay que seguirle? ¿No es ese el problema? Seguimos y seguimos y seguimos, repitiendo lo mismo sin detenernos un momento a pensar en si es bueno seguir. No, no es bueno seguir por el camino por el que vamos, cada vez más distanciado y solitario, cada vez menos solidarios.
A una amiga la asaltaron en su carro en un semáforo, a otro le sacaron la cartera, y así cada uno tiene sus anécdotas. Todos lo hemos sufrido directa o indirectamente. Dicen que tenemos que denunciar pero las mismas autoridades están involucradas hasta el cuello ¿O no es común que el mismo policía que cuida la colonia salude y conozca a los maleantes del barrio? ¿No es común que las mismas autoridades den información a los que nos hacen daño? Es increíble pero Cervantes ya escribía del tema y hoy, centenarios después, seguimos en lo mismo.
Es que es eso, seguimos, seguimos y seguimos, guiados por la vida más que por nuestra voluntad, orillados por el destino más que por nuestras convicciones.
¿De donde salen los policías corruptos, los asaltantes, los secuestradores, los delincuentes de cuello blanco, los violadores, los estafadores? Salen de nuestras familias, los estamos criando todos, por falta de oportunidades, por hipocresía, por ignorancia, por apatía, por esperar que otros vengan a solucionar lo que nos toca a nosotros, por sentir que no es nuestro problema la vida de los otros.
¡Claro que es nuestro problema! Si conoces a alguien que necesita apoyo dáselo, puede ser que ese simple empujón sea lo necesario para que mañana no te asalte, para que sienta que alguien lo ayudó y en vez de odio y antipatía genere agradecimiento.
El sábado me fui en metro al café donde trabajo, me daba risa ver a los chavos que iban a la marcha y a distancia se notaba no estaban acostumbrados a ir en metro, es más, ni a andar a pie. No sabían bien la ruta, ni las direcciones y parecían turistas en su misma ciudad. Hay muchas ciudades en el mismo espacio en que vivimos. De nuevo, seguimos cada quien su camino y no nos conocemos, nos vemos como enemigos por el simple hecho de ser diferentes. ¿Cómo se puede solucionar el problema de inseguridad si no nos conocemos, si no confiamos mutuamente, si vivimos tan separados aun estando tan cerca; si las distancias económicas, de conocimiento y de ética entre polo y polo de las clases sociales son tan enormes?
No será con firmas de acuerdos, ni con discursos baratos, ni con escenas apantallantes y mediáticas de arrestos y retenes. No será tampoco con marchas.
Perdónenme los que fueron el sábado, es un acto de buena voluntad y lo admiro, pero a la voluntad la deben seguir los actos, y nada va a cambiar con que caminemos mil kilómetros, o lo hagamos de rodillas, o nos desgarremos los pies, o muramos masivamente en una huelga de hambre. Hay que hacer, detenernos un momento, ver a dónde vamos, todos juntos y comenzar de nuevo el camino, entonces sí, seguir, pero con una ruta, con un fin.
Espero ir a la próxima marcha, seguro habrá una cuarta, una quinta, una sexta, no sé, las necesarias hasta que hagamos la revolución.
lunes, 8 de septiembre de 2008
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