Me topé con tu recuerdo que vive a dos cuadras de mi casa
guarecido en un portón congelado en el tiempo,
viendo pasar al mundo que dejamos tras los tontos que fuimos.
Ya no eres tú, aclaro, me topé con tu recuerdo, no contigo.
Todavía se ve joven, todavía no le pesan los años,
es un buen recuerdo, algo amargo, pero bueno.
Se le nota la alegría en el rostro
está esperando que alguien llegue
está esperando a mi recuerdo.
Tiene las piernas torneadas y el busto firme,
los hombros altos y la cintura breve;
los ojos son los de antaño, con los que me veías,
la boca, la boca siempre fue un problema, pero era mía.
Pobrecillo, tu recuerdo anda entre la lluvia,
se le han mojado los pies, y yo no puedo hacer nada
porque sólo es un recuerdo, eso es, las gotas tampoco están sobre tu cuerpo,
también son gotas de pasado, que no mojan sino a través
de las lágrimas que salen de mis ojos, mojando la visión de tu recuerdo.
Tu recuerdo seco y mis ojos húmedos.
Ahí vengo yo, ahí te miro, ahí sonrío, ahí me apuro con mi sombrilla
donde cabe el mundo, porque tu recuerdo es el mundo de mi pasado,
y entramos, y nos perdemos entre las sombras de un portón viejo
con la soberbia de los enamorados, los que creen que lo pueden todo,
pero nada se puede hacer cuando el enemigo vive dentro,
no sabíamos todavía que seríamos recuerdos.
Hablando de lejanías, estoy afuera de tu casa, acariciando a tu recuerdo,a tres pasos de tu puerta, pero a mil años de ti.
lunes, 8 de septiembre de 2008
Acerca de marchas contra la inseguridad
Hace cuatro años salí en mi bicicleta y rodé hasta el Ángel de la Independencia. Llegué a tiempo para comenzar la marcha contra la delincuencia y ayudado por las dos llantas de mi vehículo de un trovador de fuerza, rebasé fácilmente a la mayoría y me ubiqué en un buen lugar en el Zócalo.
Me dí un taco de ojo porque las chicas que vi normalmente no andan a pie y yo estaba agradecido por la marcha. Escuché gritos desesperados, llantos, protestas que se perdieron unas semanas después en la indiferencia del gobierno, en la apatía de la gente y en el olvido del tiempo.
El sábado pasado estuve tocando y no pude ir a la nueva marcha. La maldición del músico es que trabaja mientras otros se divierten y en este caso, mientras otros protestan. La televisión me sirvió para ver el resumen y luego a dormir. Dejé prendida mi veladora pero no por unirme, sino porque mi madre la deja a su Ángel, yo lo tolero.
El domingo y el lunes he visto programas completos dedicados a lo que sucedió pero me han hecho preguntarme ¿Realmente sucedió algo? No quiero menospreciar el esfuerzo de las personas que de manera sincera acudieron a marchar, pero me daba curiosidad el ver que la gente se sentía inocente y agredida, mas en un problema social nadie es inocente y mucho menos hay un solo culpable.
Es necesario pedirle al gobierno que cumpla con una de sus funciones básicas, que es la seguridad, pero la formación de personas no la hace el gobierno, la hacen las familias; la cultura no la enseñan en la escuela, se vive en las calles y se aprende en el entorno. ¿No entonces todos somos culpables de esta creciente ira, agresión y cinismo con que somos violentados diariamente?
Hace unas semanas en un café nos asaltaron y se llevaron una computadora. En parte fue nuestra culpa por no tener precaución y tener la laptop a la vista… ¿Fue nuestra culpa? ¿No deberíamos poder usar nuestras cosas sin miedo a que nos las quite un desconocido? Para consolarme, una amiga me dijo la tan trillada y común frase: “ni modo, hay que seguirle, así es la vida”.
¿Hay que seguirle? ¿No es ese el problema? Seguimos y seguimos y seguimos, repitiendo lo mismo sin detenernos un momento a pensar en si es bueno seguir. No, no es bueno seguir por el camino por el que vamos, cada vez más distanciado y solitario, cada vez menos solidarios.
A una amiga la asaltaron en su carro en un semáforo, a otro le sacaron la cartera, y así cada uno tiene sus anécdotas. Todos lo hemos sufrido directa o indirectamente. Dicen que tenemos que denunciar pero las mismas autoridades están involucradas hasta el cuello ¿O no es común que el mismo policía que cuida la colonia salude y conozca a los maleantes del barrio? ¿No es común que las mismas autoridades den información a los que nos hacen daño? Es increíble pero Cervantes ya escribía del tema y hoy, centenarios después, seguimos en lo mismo.
Es que es eso, seguimos, seguimos y seguimos, guiados por la vida más que por nuestra voluntad, orillados por el destino más que por nuestras convicciones.
¿De donde salen los policías corruptos, los asaltantes, los secuestradores, los delincuentes de cuello blanco, los violadores, los estafadores? Salen de nuestras familias, los estamos criando todos, por falta de oportunidades, por hipocresía, por ignorancia, por apatía, por esperar que otros vengan a solucionar lo que nos toca a nosotros, por sentir que no es nuestro problema la vida de los otros.
¡Claro que es nuestro problema! Si conoces a alguien que necesita apoyo dáselo, puede ser que ese simple empujón sea lo necesario para que mañana no te asalte, para que sienta que alguien lo ayudó y en vez de odio y antipatía genere agradecimiento.
El sábado me fui en metro al café donde trabajo, me daba risa ver a los chavos que iban a la marcha y a distancia se notaba no estaban acostumbrados a ir en metro, es más, ni a andar a pie. No sabían bien la ruta, ni las direcciones y parecían turistas en su misma ciudad. Hay muchas ciudades en el mismo espacio en que vivimos. De nuevo, seguimos cada quien su camino y no nos conocemos, nos vemos como enemigos por el simple hecho de ser diferentes. ¿Cómo se puede solucionar el problema de inseguridad si no nos conocemos, si no confiamos mutuamente, si vivimos tan separados aun estando tan cerca; si las distancias económicas, de conocimiento y de ética entre polo y polo de las clases sociales son tan enormes?
No será con firmas de acuerdos, ni con discursos baratos, ni con escenas apantallantes y mediáticas de arrestos y retenes. No será tampoco con marchas.
Perdónenme los que fueron el sábado, es un acto de buena voluntad y lo admiro, pero a la voluntad la deben seguir los actos, y nada va a cambiar con que caminemos mil kilómetros, o lo hagamos de rodillas, o nos desgarremos los pies, o muramos masivamente en una huelga de hambre. Hay que hacer, detenernos un momento, ver a dónde vamos, todos juntos y comenzar de nuevo el camino, entonces sí, seguir, pero con una ruta, con un fin.
Espero ir a la próxima marcha, seguro habrá una cuarta, una quinta, una sexta, no sé, las necesarias hasta que hagamos la revolución.
Me dí un taco de ojo porque las chicas que vi normalmente no andan a pie y yo estaba agradecido por la marcha. Escuché gritos desesperados, llantos, protestas que se perdieron unas semanas después en la indiferencia del gobierno, en la apatía de la gente y en el olvido del tiempo.
El sábado pasado estuve tocando y no pude ir a la nueva marcha. La maldición del músico es que trabaja mientras otros se divierten y en este caso, mientras otros protestan. La televisión me sirvió para ver el resumen y luego a dormir. Dejé prendida mi veladora pero no por unirme, sino porque mi madre la deja a su Ángel, yo lo tolero.
El domingo y el lunes he visto programas completos dedicados a lo que sucedió pero me han hecho preguntarme ¿Realmente sucedió algo? No quiero menospreciar el esfuerzo de las personas que de manera sincera acudieron a marchar, pero me daba curiosidad el ver que la gente se sentía inocente y agredida, mas en un problema social nadie es inocente y mucho menos hay un solo culpable.
Es necesario pedirle al gobierno que cumpla con una de sus funciones básicas, que es la seguridad, pero la formación de personas no la hace el gobierno, la hacen las familias; la cultura no la enseñan en la escuela, se vive en las calles y se aprende en el entorno. ¿No entonces todos somos culpables de esta creciente ira, agresión y cinismo con que somos violentados diariamente?
Hace unas semanas en un café nos asaltaron y se llevaron una computadora. En parte fue nuestra culpa por no tener precaución y tener la laptop a la vista… ¿Fue nuestra culpa? ¿No deberíamos poder usar nuestras cosas sin miedo a que nos las quite un desconocido? Para consolarme, una amiga me dijo la tan trillada y común frase: “ni modo, hay que seguirle, así es la vida”.
¿Hay que seguirle? ¿No es ese el problema? Seguimos y seguimos y seguimos, repitiendo lo mismo sin detenernos un momento a pensar en si es bueno seguir. No, no es bueno seguir por el camino por el que vamos, cada vez más distanciado y solitario, cada vez menos solidarios.
A una amiga la asaltaron en su carro en un semáforo, a otro le sacaron la cartera, y así cada uno tiene sus anécdotas. Todos lo hemos sufrido directa o indirectamente. Dicen que tenemos que denunciar pero las mismas autoridades están involucradas hasta el cuello ¿O no es común que el mismo policía que cuida la colonia salude y conozca a los maleantes del barrio? ¿No es común que las mismas autoridades den información a los que nos hacen daño? Es increíble pero Cervantes ya escribía del tema y hoy, centenarios después, seguimos en lo mismo.
Es que es eso, seguimos, seguimos y seguimos, guiados por la vida más que por nuestra voluntad, orillados por el destino más que por nuestras convicciones.
¿De donde salen los policías corruptos, los asaltantes, los secuestradores, los delincuentes de cuello blanco, los violadores, los estafadores? Salen de nuestras familias, los estamos criando todos, por falta de oportunidades, por hipocresía, por ignorancia, por apatía, por esperar que otros vengan a solucionar lo que nos toca a nosotros, por sentir que no es nuestro problema la vida de los otros.
¡Claro que es nuestro problema! Si conoces a alguien que necesita apoyo dáselo, puede ser que ese simple empujón sea lo necesario para que mañana no te asalte, para que sienta que alguien lo ayudó y en vez de odio y antipatía genere agradecimiento.
El sábado me fui en metro al café donde trabajo, me daba risa ver a los chavos que iban a la marcha y a distancia se notaba no estaban acostumbrados a ir en metro, es más, ni a andar a pie. No sabían bien la ruta, ni las direcciones y parecían turistas en su misma ciudad. Hay muchas ciudades en el mismo espacio en que vivimos. De nuevo, seguimos cada quien su camino y no nos conocemos, nos vemos como enemigos por el simple hecho de ser diferentes. ¿Cómo se puede solucionar el problema de inseguridad si no nos conocemos, si no confiamos mutuamente, si vivimos tan separados aun estando tan cerca; si las distancias económicas, de conocimiento y de ética entre polo y polo de las clases sociales son tan enormes?
No será con firmas de acuerdos, ni con discursos baratos, ni con escenas apantallantes y mediáticas de arrestos y retenes. No será tampoco con marchas.
Perdónenme los que fueron el sábado, es un acto de buena voluntad y lo admiro, pero a la voluntad la deben seguir los actos, y nada va a cambiar con que caminemos mil kilómetros, o lo hagamos de rodillas, o nos desgarremos los pies, o muramos masivamente en una huelga de hambre. Hay que hacer, detenernos un momento, ver a dónde vamos, todos juntos y comenzar de nuevo el camino, entonces sí, seguir, pero con una ruta, con un fin.
Espero ir a la próxima marcha, seguro habrá una cuarta, una quinta, una sexta, no sé, las necesarias hasta que hagamos la revolución.
Dios me libre de ser religioso
Los últimos días un buen amigo me invitó a unirme a una asociación llamada Ateos Mexicanos. Yo no me considero ateo pero sí un poco agnóstico, por lo que entré a su sitio web y estuve leyendo un rato. Sinceramente sentí algo de lástima porque creí que el asunto era un poco más serio y menos agresivo.
Me explico. Yo creo que existe Dios pero no tengo la suficiente soberbia como para creer que lo entiendo ni mucho menos para hablar en su nombre y no confío en las religiones por varios motivos, pero especialmente, por ser un medio de división social.
A Dios lo busco sin tener que andar tratando de convencer a otros de que existe y trato de que mis actos provoquen en mí más alegría que culpas, con eso estoy en paz. Me crié entre católicos y cuando tenía quince años tuve la inquietud de vivir la religión de manera personal y por voluntad propia. Fui acólito, estuve en un coro, hasta comí un par de veces con Norberto Rivera invitado por un amigo sacerdote. En el cenit de mi aventura apostólica-romana, decidí entrar al seminario. El destino y las cosas que viví dentro de la iglesia, me hicieron poner en duda mi vocación y decidí que ese no era el camino. A los diecisiete deje de ir al a iglesia y hasta hoy no he regresado.
Alguna vez, con parientes cercanos, fui duramente criticado por el simple hecho de poner en duda la validez del celibato sacerdotal cuando yo todavía era parte de la comunidad católica. Me regañaron, me agredieron verbalmente, algunos hasta la fecha no me hablan como lo hacían antes y eso ya tiene casi diez años.
Otras veces he sido llamado mundano, amigo del inicuo, desagradecido hombre del mundo; todos estos halagos hechos por testigos de Jehová con quienes tuve tratos, no religiosos pero sí personales desgraciadamente y lo digo porque eran malas personas, no por sus creencias.
Mis vecinos -que cuando llegaron hace un año eran muy amables-, me encuentran y parece que han visto al demonio. Debo aclarar que tengo por vecinos a una familia cuyo jefe es pastor de una comunidad Evangélica y su esposa -la cual está casi todo el día en casa-, ha escuchado mis blasfemas conversaciones, mis alegatos religiosos y las canciones que de vez en cuando tienen alguna referencia al diablo, como esa del muchacho satánico, la de no dejes qué, de Caifanes o algunas de letras blasfemas de Silvio Rodríguez. Allá Dios que será divino, yo me muero como viví...
Cuando ensayo -lo cual sucede casi diario- la honorable señora se toma la molestia de cantar desaforadamente cosas ininteligibles con una voz grotescamente gutural y chillona, o pone un cassette de un pastor de claro origen sudamericano que se la pasa agrediendo a los que no somos parte de su secta y atormentando por sus actos a los que sí lo son, todo esto con clara dedicatoria para mí.
Alguna vez tratando de entrar a una sinagoga, fui invitado amablemente a encaminar mis pasos a la calle por un par de vigilantes enormes y fríos que detrás de sus palabras ocultaban sus intenciones, nada nobles, por cierto. Todo me delataba, comenzando con el hecho de ser moreno, apellidarme Estrada y no Tawil o llamarme Ricardo en vez Abraham y una lista enorme de diferencias, y es que creo que definitivamente no tengo facha de judío.
Resumo. He buscado en las religiones y tengo una marcada tendencia a acudir a ellas por ayuda cuando no sé de que se trata la vida, pero lo que he encontrado es un mundo de gente con los mismos miedos que yo agudizados por prejuicios e ignorancia. Me he topado con dogmas irreconciliables, con sacerdotes católicos hipócritas, con testigos de doble moral, con judíos racistas –suena raro, pero cierto-, con evangélicos que no quieren conocerme.
Me iba a refugiar en el ateísmo hasta que leí que tienen un decálogo, un manual del buen ateo.
¿No es contradictorio? Están haciendo la religión del ateísmo cuando debería ser todo lo contrario. Si Dios ha servido de pretexto para dividirnos, el ateísmo debería de servir para dejarnos de creencias y centrarnos en las vivencias, para dejar de juzgar a alguien por lo que cree que hay después de la muerte y centrarnos en lo que hace en vida y me salen con un decálogo ¿o sea que si no lo llevo a cabo no soy un buen ateo y entonces me quedo en el limbo de las creencias?
Al final decidí seguir como estoy, me llevo bien con el Dios que vive en mi imaginación y tal vez en mi realidad etérea; estoy abierto a que los demás crean en el propio y vivo sin mandamientos ni sacramentos. Espero que la gente no se comporte como buen cristiano o como buen judío o como buen testigo o como buen lo que sea, sino como buena persona, como lo que entendemos debería ser un Ser Humano.
Miento, tengo un mandamiento, ese de amarse los unos a los otros me parece muy noble y altamente positivo.
Mi vecina me topo hoy en las escaleras y prefirió ver al piso, yo pasé con la frente en alto.
Me explico. Yo creo que existe Dios pero no tengo la suficiente soberbia como para creer que lo entiendo ni mucho menos para hablar en su nombre y no confío en las religiones por varios motivos, pero especialmente, por ser un medio de división social.
A Dios lo busco sin tener que andar tratando de convencer a otros de que existe y trato de que mis actos provoquen en mí más alegría que culpas, con eso estoy en paz. Me crié entre católicos y cuando tenía quince años tuve la inquietud de vivir la religión de manera personal y por voluntad propia. Fui acólito, estuve en un coro, hasta comí un par de veces con Norberto Rivera invitado por un amigo sacerdote. En el cenit de mi aventura apostólica-romana, decidí entrar al seminario. El destino y las cosas que viví dentro de la iglesia, me hicieron poner en duda mi vocación y decidí que ese no era el camino. A los diecisiete deje de ir al a iglesia y hasta hoy no he regresado.
Alguna vez, con parientes cercanos, fui duramente criticado por el simple hecho de poner en duda la validez del celibato sacerdotal cuando yo todavía era parte de la comunidad católica. Me regañaron, me agredieron verbalmente, algunos hasta la fecha no me hablan como lo hacían antes y eso ya tiene casi diez años.
Otras veces he sido llamado mundano, amigo del inicuo, desagradecido hombre del mundo; todos estos halagos hechos por testigos de Jehová con quienes tuve tratos, no religiosos pero sí personales desgraciadamente y lo digo porque eran malas personas, no por sus creencias.
Mis vecinos -que cuando llegaron hace un año eran muy amables-, me encuentran y parece que han visto al demonio. Debo aclarar que tengo por vecinos a una familia cuyo jefe es pastor de una comunidad Evangélica y su esposa -la cual está casi todo el día en casa-, ha escuchado mis blasfemas conversaciones, mis alegatos religiosos y las canciones que de vez en cuando tienen alguna referencia al diablo, como esa del muchacho satánico, la de no dejes qué, de Caifanes o algunas de letras blasfemas de Silvio Rodríguez. Allá Dios que será divino, yo me muero como viví...
Cuando ensayo -lo cual sucede casi diario- la honorable señora se toma la molestia de cantar desaforadamente cosas ininteligibles con una voz grotescamente gutural y chillona, o pone un cassette de un pastor de claro origen sudamericano que se la pasa agrediendo a los que no somos parte de su secta y atormentando por sus actos a los que sí lo son, todo esto con clara dedicatoria para mí.
Alguna vez tratando de entrar a una sinagoga, fui invitado amablemente a encaminar mis pasos a la calle por un par de vigilantes enormes y fríos que detrás de sus palabras ocultaban sus intenciones, nada nobles, por cierto. Todo me delataba, comenzando con el hecho de ser moreno, apellidarme Estrada y no Tawil o llamarme Ricardo en vez Abraham y una lista enorme de diferencias, y es que creo que definitivamente no tengo facha de judío.
Resumo. He buscado en las religiones y tengo una marcada tendencia a acudir a ellas por ayuda cuando no sé de que se trata la vida, pero lo que he encontrado es un mundo de gente con los mismos miedos que yo agudizados por prejuicios e ignorancia. Me he topado con dogmas irreconciliables, con sacerdotes católicos hipócritas, con testigos de doble moral, con judíos racistas –suena raro, pero cierto-, con evangélicos que no quieren conocerme.
Me iba a refugiar en el ateísmo hasta que leí que tienen un decálogo, un manual del buen ateo.
¿No es contradictorio? Están haciendo la religión del ateísmo cuando debería ser todo lo contrario. Si Dios ha servido de pretexto para dividirnos, el ateísmo debería de servir para dejarnos de creencias y centrarnos en las vivencias, para dejar de juzgar a alguien por lo que cree que hay después de la muerte y centrarnos en lo que hace en vida y me salen con un decálogo ¿o sea que si no lo llevo a cabo no soy un buen ateo y entonces me quedo en el limbo de las creencias?
Al final decidí seguir como estoy, me llevo bien con el Dios que vive en mi imaginación y tal vez en mi realidad etérea; estoy abierto a que los demás crean en el propio y vivo sin mandamientos ni sacramentos. Espero que la gente no se comporte como buen cristiano o como buen judío o como buen testigo o como buen lo que sea, sino como buena persona, como lo que entendemos debería ser un Ser Humano.
Miento, tengo un mandamiento, ese de amarse los unos a los otros me parece muy noble y altamente positivo.
Mi vecina me topo hoy en las escaleras y prefirió ver al piso, yo pasé con la frente en alto.
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